18/7/13

Hallarse



Imágenes en blanco y negro que se van cayendo de las paredes donde alguna vez habitaron.
Se van cayendo igual que sus palabras, porque no quieren ser vistas.
Igual que sus lágrimas caen por su rostro, igual que las hojas se caen de los árboles en otoño. 
Esas imágenes que alguna vez tuvieron color, pero que registro de ello no queda ni en una sola esquina.
-¿Dónde estarás mi queridísimo Fausto?- Se pregunta Laila sin inquietarse por las imágenes que se van desmoronando.
Su cabeza también se va cayendo de a poco en pedacitos distintos.
Pedazos de risas, de llanto, de sorpresa, de enfado, de angustia, de calma y tormentas.
En su mente se puede escuchar el relato de la comedia que ayer fue a ver al teatro. Ese maldito teatro donde supo habitar tiempo atrás.
Tiempo donde tenía ideas violetas y globos de helio, el teatro que fue su hogar, su todo.
-El teatro también se está desmoronando- Piensa y larga una carcajada mezclada con lágrimas.
Se empieza a quitar la ropa y se mira al espejo.
Se contempla sus piernas, su pelo, su pecho.
Ese cuerpo que perteneció a muchos y a nadie a la vez.
Mira su boca, toca sus dientes uno a uno con su lengua y recuerda un fragmento del libro que está sobre su mesa de noche.
Se vuelve a vestir, pone sus pocas pertenencias en su bolso y se marcha.
En el camino se desprende de esas imágenes del teatro, de las palabras, de las penas, de las bambalinas y de la cama donde alguna vez solía volar en sus sueños. Tira todas las cosas amargas, las estrellas contadas y las nubes con formas extrañas que alguna vez supo ver.
Se cambia de piel, de color, se tiñe de naranja y amarillo todo su cuerpo por culpa del resplandor del atardecer.
Se va.
Se está yendo.
Se marcha para no volver más.
Con tambores y palos de lluvia, emprende un camino de ida.
Adiós Laila, adiós alma atormentada.
-Bienvenida- Se dice a sí misma, acostada en el pasto.
Se reinventa y se halla al fin...


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