Imágenes
en blanco y negro que se van cayendo de las paredes donde alguna vez
habitaron.
Se van cayendo igual que sus palabras, porque no quieren
ser vistas.
Igual
que sus lágrimas caen por su rostro, igual que las hojas se caen de
los árboles en otoño.
Esas imágenes que alguna vez tuvieron color,
pero que registro de ello no queda ni en una sola esquina.
-¿Dónde
estarás mi queridísimo Fausto?- Se pregunta Laila sin inquietarse
por las imágenes que se van desmoronando.
Su
cabeza también se va cayendo de a poco en pedacitos distintos.
Pedazos de risas, de llanto, de sorpresa, de enfado, de angustia, de
calma y tormentas.
En
su mente se puede escuchar el relato de la comedia que ayer fue a ver
al teatro. Ese maldito teatro donde supo habitar tiempo atrás.
Tiempo donde tenía ideas violetas y globos de helio, el teatro que
fue su hogar, su todo.
-El
teatro también se está desmoronando- Piensa y larga una carcajada
mezclada con lágrimas.
Se
empieza a quitar la ropa y se mira al espejo.
Se contempla sus
piernas, su pelo, su pecho.
Ese cuerpo que perteneció a muchos y a
nadie a la vez.
Mira su boca, toca sus dientes uno a uno con su
lengua y recuerda un fragmento del libro que está sobre su mesa de
noche.
Se vuelve a vestir, pone sus pocas pertenencias en su bolso y
se marcha.
En
el camino se desprende de esas imágenes del teatro, de las palabras,
de las penas, de las bambalinas y de la cama donde alguna vez solía
volar en sus sueños. Tira todas las cosas amargas, las estrellas
contadas y las nubes con formas extrañas que alguna vez supo ver.
Se
cambia de piel, de color, se tiñe de naranja y amarillo todo su
cuerpo por culpa del resplandor del atardecer.
Se
va.
Se
está yendo.
Se
marcha para no volver más.
Con
tambores y palos de lluvia, emprende un camino de ida.
Adiós
Laila, adiós alma atormentada.
-Bienvenida-
Se dice a sí misma, acostada en el pasto.
Se
reinventa y se halla al fin...
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