30/3/13

Soledad pálida





El camarero le echaba alguna mirada de vez en cuando, de esas que no quieren decir nada,
 y seguía secando los vasos con el trapo blanco.

Bec, seguía inmersa en su propio mundo de ensoñaciones de algún que otro recuerdo.
Construía su propio lugar, corría por el prado y se sumergía en el lago tan azul, mientras escuchaba la risa de los niños perderse entre los árboles llenos de vida tan altos como el cielo. 
Y aunque no pudiera verlo con los ojos, lo sentía con el corazón. 
  
Así estuvo horas, como cada noche de cada día.
 Quizá esperaba que alguien la encontrase y la sacase de allí o quizá sólo quería encontrarse a sí misma.

Era ya demasiado tarde, el establecimiento estaba completamente vacío y desolado,
 solo quedaba en el aire el sabor del chocolate y de alguna que otra lágrima furtiva.
-Señorita, vamos a cerrar - Le anunció el camarero mirándola con sus ojos de color café y amargura, pero cálidos y comprensivos al mismo tiempo.

Las polillas que volaban en círculos se golpearon contra la incandescente bombilla y cayeron muertas al mostrador. 
Bec se levantó con las palabras encharcadas en su interior formando mares y naufragios, abrió la puerta que llevaba hacia la calle, y su mundo se resquebrajó la fría brisa de invierno le golpeó la cara.

Aquella noche no quería volver a casa.
                     
                                        (Pero ella seguía adelante...)

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